Nuestros cerebros evolucionaron en un mundo en el que no existía la lectura y la escritura. Semnic / Shutterstock


Artículo realizado por Derek Hodgson (izquierda), de la Universidad de York.
La parte del cerebro que procesa la información visual, la corteza visual, evolucionó a lo largo de millones de años en un mundo donde la lectura y la escritura no existían. Por lo tanto, siempre ha sido un misterio saber cómo pudieron aparecer estas habilidades hace unos 5.000 años, es decir, cómo pudieron nuestros cerebros adquirir repentinamente la capacidad específica de dar sentido a las letras. Algunos investigadores creen que la clave para entender esta transición consiste en determinar cómo y por qué los humanos comenzaron a hacer marcas repetitivas.
Recientes imágenes de la corteza visual del cerebro, registradas en personas que leen un texto, han proporcionado información importante sobre cómo el cerebro percibe patrones simples. En mi nuevo artículo, publicado en el Journal of Archaeological Science Reports, analizo dicha investigación para argumentar que los primeros patrones hechos por el hombre fueron estéticos en lugar de simbólicos, y describo lo que eso significa para la evolución de la lectura y la escritura.

Los arqueólogos han descubierto un número creciente de patrones y grabados antiguos producidos por los primeros Homo sapiens, así como por los neandertales y el Homo erectus. Tales marcas son anteriores al primer arte representativo (dibujos que representan algo) por miles de años.
Estos motivos se han encontrado en Sudáfrica, donde hay grabados que datan de hace 100.000 años. Los arqueólogos también han hallado un grabado en una concha realizado por el Homo erectus hace unos 540.000 años. Una observación intrigante de estas primeras marcas es que todas cuentan con cuadrículas, ángulos y líneas repetitivas.

Primeras marcas realizadas: Arriba, de izquierda a derecha: concha de trinil, grabados de Blombos (dos ejemplos). Medio: dibujos sobre cáscara de huevo de avestruz (Sudáfrica). Abajo: grabado hecho por neandertales en la superficie de una roca (Gibraltar).


El filtro de patrones del cerebro


En el año 2000, sugerí por primera vez que la forma en que la “corteza visual temprana” -el lugar donde la información visual del ojo afecta primero a la corteza cerebral- procesa la información dio lugar a la capacidad de grabar patrones simples. Sabemos que esta área tiene neuronas que codifican bordes, líneas y uniones en forma de “T”. Como formas abstractas, estos formas activan preferentemente la corteza visual.

Es fácil ver cómo esto pudo haber ocurrido. Las líneas, ángulos e intersecciones, son las características más abundantes integradas en el entorno natural, ya que proporcionan las primeras indicaciones cruciales para determinar el diseño de los objetos. La capacidad de nuestro cerebro para procesarlas es compartida por otros primates, pero el cerebro humano también es capaz de responder a estas señales de forma proactiva utilizando los “Principios de la Gestalt”, que son reglas que permiten a la mente percibir automáticamente patrones ante un estímulo. Esto la ayuda a construir formas básicas que se transmiten a las áreas visuales del cerebro de orden superior, las cuales pueden procesarlas de manera para que podamos experimentarlas como objetos reales.

En algún momento, hace unos 700.000 años, esta sensibilidad hacia la geometría y percepción de patrones permitió a los seres humanos comenzar a hacer refinadas herramientas achelenses, las cuales muestran una cierta simetría. Esto es poco probable que hubiera sido posible sin un conocimiento implícito de la geometría.

Herramientas achelenses.


La fabricación de herramientas promovió, aún más, una mayor sensibilidad e inclinación hacia los patrones del entorno natural, por lo que nuestros antepasados comenzaron a ​​proyectarlos en materiales distintos a los de las herramientas. Por ejemplo, comenzaron a hacer marcas en rocas, conchas y en materiales como el ocre.

Del grabado a la escritura


En algún momento, estos patrones no intencionados se copiaron, intencionadamente, en dichos materiales, convirtiéndose en diseños grabados y más tarde en escritura.
Pero, ¿cómo fue esto posible? La investigación neurocientífica ha demostrado que escribir un texto involucra a la corteza premotora del cerebro, la cual impulsa las habilidades manuales. Por lo tanto, mi teoría sugiere que la lectura y la escritura evolucionaron cuando nuestra percepción pasiva para discernir las cosas comenzó a interactuar con la destreza manual.


Bloque ocre hallado en el río Klasies, Sudáfrica (c.100,000), en el que se pueden haber explotado estriaciones accidentales para hacer cruces. d’Errico et al. 2012. Revista de ciencia arqueológica. (Permiso de Elsevier)


La escritura y los patrones abstractos también activan las llamadas “neuronas espejo” del cerebro. Estas células son extraordinarias porque se activan cuando actuamos y cuando observamos cómo se comportan otras personas, lo que nos ayuda a identificar y entender a esas personas como si nosotros mismos actuáramos. Pero también se activan cuando vemos patrones y observamos textos escritos. Por consiguiente, esto puede producir un sentido de identificación con un patrón, ya sea accidental o natural, de una manera que nos inspira a replicarlo. Y estas antiguas marcas fueron los primeros pasos hacia la escritura y la lectura.


En consecuencia, estos desarrollos permitieron al cerebro reutilizar la corteza visual para un propósito completamente nuevo. En última instancia, pudo haber creado un nuevo proceso en el cerebro que hizo activarse la corteza visual, dando lugar a un área visual de formación palabras, conectándose, cada vez más, con las áreas del habla a lo largo del tiempo.

Grabado hallado en la cueva de Blombos, Sudáfrica, con unos 77.000 años de antigüedad.



Dicho esto, algunos investigadores creen que las primeras marcas realizadas fueron más simbólicas que estéticas, y que la escritura evolucionó a partir de la codificación de la información obtenida en ellas. Sin embargo, sostengo que esto parece cada vez más improbable. Las primeras marcas se parecen entre sí durante un inmenso período de tiempo. Si las marcas fueran simbólicas, esperaríamos ver mucha más variación a lo largo del espacio y el tiempo, tal como lo observamos en los sistemas de escritura modernos. Pero este no es el caso.

Todo ello apunta a la probabilidad de que las primeras marcas fueran estéticas, ya que se derivan de la preferencia de la corteza visual temprana por las configuraciones básicas. Y podría haber comenzado tan pronto como con el Homo erectus, el cual vivió desde hace aproximadamente entre 1,8 millones y 500.000 años.

Fuente: theconversation.com | 4 de marzo de 2019