Mapa mundial con el área terrestre redimensionada para representar la diversidad genética humana moderna, mientras que el color representa la ascendencia neandertal más la proveniente de los denisovanos. Como puede verse, las contribuciones de otras poblaciones al acervo genético del ‘Homo sapiens’ son pequeñas y están distribuidas de manera desigual. África es proporcionalmente más grande porque aquí se encuentra la mayor diversidad genética humana, y, por lo tanto, las raíces de la humanidad. © James Cheshire / Mark G. Thomas.

Un grupo de científicos ha concluido que la evolución de la especie humana es resultado de cambios dinámicos en la conectividad o del flujo genético entre poblaciones primitivas aisladas y dispersas por África y adopta así un modelo metapoblacional para explicar un origen panafricano del ser humano.
Así, el hombre moderno evolucionó en África y muchos grupos humanos en todo el continente contribuyeron a este proceso, lo que supone dejar atrás la teoría del proceso evolutivo lineal, según los científicos, encabezados por la arqueóloga Según el genetista «La genética de los humanos contemporáneos está muy clara. La mayor diversidad genética la encontramos en los africanos», explica el genetista Mark Thomas (izquierda), del University College de Londres.
«Los datos genéticos disponibles no confirman la vieja teoría de que descendemos de poblaciones regionales dispersas a lo largo del Viejo Mundo en los últimos millones de años», agrega.

«Es cierto que los humanos modernos no africanos tienen alguna herencia de los neandertales, algunos una notable herencia de los recientemente descubiertos denisovanos y posiblemente otros la tengan de antiguos grupos homínidos todavía no descubiertos», señala.

«Pero nada de esto cambia el hecho de que más del 90 % de los orígenes de cada persona en el mundo se encuentra en África en los últimos 100.000 años», añade.
No obstante, la confirmación de que la especie humana proviene de África plantea la pregunta razonable sobre la «región concreta de origen», para la cual no hay respuesta si se toman en consideración los patrones genéticos, la información extraída de fósiles y herramientas antiguas y el conocimiento que se tiene de los entornos ancestrales, advierte Thomas.

Por eso, agrega: «Tenemos que comenzar a pensar de manera diferente. Esto significa diferentes modelos, y argumentamos en el trabajo de investigación actual que los modelos estructurales de población son el camino a seguir».

Diferentes modelos de historia de la población. T0 y T1 representan segmentos de tiempo en el presente y el pasado, respectivamente. a) Una metapoblación, que incluye fisión de la población, fusión, flujo genético y extinción local. b) Un modelo de árbol, que incluye solo la fisión y extinción de la población. © Claudiu Pantiru / Instituto Max Planck para la Ciencia de la Historia Humana.


“Si observamos los datos disponibles a través de la lente de los cambios en la conectividad, el registro fósil comienza a tener mucho más sentido. Necesitamos tal flexibilidad para poder dar sentido al pasado, o nos perderemos en un malestar de especies nombradas cada vez mayor, con trayectorias fallidas y árboles de población que nunca existieron«, continúa el profesor Thomas. «La ciencia siempre favorece la explicación más simple y se está volviendo cada vez más difícil apegarse a viejas narraciones cuando tienen que volverse demasiado complicadas para mantenerse relevantes».

La interpretación de los datos disponibles cambia si se parte de las metapoblaciones, es decir, de los cambios dinámicos de conectividad entre diferentes poblaciones a lo largo del tiempo, que permitirían explicar diversos patrones de diversidad del genoma que otros modelos no aclaran.
«La gente como nosotros comenzó a aparecer en algún momento entre 500.000 y 300.000 años atrás. Esto supone algo así como 8.000 generaciones, un periodo muy largo para los hombres primitivos, para desplazarse y explorar un gran espacio. Sus movimientos, patrones de mezcla e intercambios genéticos son lo que nos dieron origen», recuerda Scerri.

Fuentes: lavanguardia.com | Max Planck Institute | 23 de septiembre de 2019